EL ENCANTO ETERNO DE PARÍS

9788426421296Por: Florencia Puddington

Aquellos que escriben ficción, o lo intentaron alguna vez, seguramente tengan reglas propias con las que definen a una buena composición. De hecho, muchos escritores tienen talleres literarios en paralelo a sus otras actividades en los que imparten sus propias reglas de escritura y no hay entrevista en la que no sean interrogados sobre este tema. Aquellos que leemos, sabemos que no hay decálogo, mandato ni regla personal que se ajuste en todos los casos, y que los más maravillosos relatos han surgido a veces de la violación de alguna de estas reglas universales inquebrantables. Diría entonces, que las reglas personales de los escritores sirven más para comprender sus obras que para aplicarlas a nosotros mismos, en nuestra escritura. Aunque por supuesto, esta es otra regla para ser violentada.

Estas ideas venían a mi mente cuando leía las hermosas páginas de París era una fiesta, de título más delicado en inglés: A moveable feast. El libro narra en 20 capítulos la rutina del propio escritor en los años veinte, período en el que se había radicado en París. Un París artístico y literario en el que frecuentaba círculos de pintores, poetas y escritores.

La idea de la novela es atractiva en sí misma: quién no disfruta escuchando anécdotas y curiosidades de esas personalidades, narradas por alguien que experimentó en carne propia la atmósfera que circundaba a los artistas en el París de entonces.

Sin embargo, la belleza del texto se explica también en gran parte, por las decisiones estilísticas que Hemingway expuso más de una vez como las reglas de oro de la escritura: sencillez en la prosa, intensidad en el relato, cercanía a los hechos narrados.

El texto fue recuperado póstumamente y editado por su última esposa y quizás sea esta la razón por la cual tiene una estructura ambigua: los capítulos que componen la novela podrían leerse por separado, aunque juntos siguen un hilo narrativo y cronológico. Y verdaderamente sentimos que estamos en un café escuchando de su propia voz las anécdotas relatadas como privilegiados testigos de esa mágica época.

En sus páginas, el autor intercala entre anécdotas y conversaciones, sus reflexiones sobre la tarea de escribir: en primer lugar, destaca la importancia de narrar la experiencia; el argumento pareciera ser más relevante que la forma, y muchas veces, transmitir vívidamente una experiencia se logra a pesar de (o debido a) la falta de rigurosidad estilística. Así lo vemos descubrir a Dostoievski y preguntarse cómo puede escribir tan mal y sin embargo transmitir sensaciones tan reales, o evaluar que el relato de Scott Fitzgerald acerca de su relación con Zelda, que tantas veces había escuchado, si bien cada vez mejor narrado nunca había resultado tan conmovedor como la primera vez que le fuera contado. Evidentemente, para Hemingway la narración honesta y profunda de una experiencia, alcanza a los lectores de un modo efectivo y punzante, más allá de la destreza narrativa con que haya sido narrada.

También encuentra lugar en el texto para mencionar otro aspecto característico de su escritura que es la idea de no contar todo; aquello a lo que verdaderamente se alude debe quedar por fuera de la historia, que si está lo suficientemente bien contada permitirá rearmar ese rompecabezas: “… mi nueva teoría de que podías omitir lo que fuera si sabías que lo estabas omitiendo y que la parte omitida iba a fortalecer la historia y hacer que la gente sienta un poco más que lo que habían comprendido”. Tal vez en este caso, como sugirió algún crítico, lo que se omite es la contracara de lo que se narra, la muerte, o aunque sea, el ocaso del autor ya veterano. De este modo lo que se inicia en la ficción, el descubrimiento de su actividad literaria y el desarrollo de un estilo propio, culmina fuera de ella, como autor consagrado y reconocido escribiendo sus últimas líneas.

Por otro lado, el título en español me parece curiosamente contradictorio respecto del que lleva la versión en inglés, que se podría traducir como: Una fiesta móvil, portátil. Desconozco las razones de este cambio abrupto, pero lo cierto es que el de la versión original remite a la idea de que el período retratado es un maravilloso episodio de juventud, de descubrimientos, de alegrías, un momento irrepetible, pero que sus protagonistas llevarán consigo en la adultez, y en la vejez, por supuesto. En la idea de “movilidad” es donde se decidió poner el acento, porque, como sugieren las páginas de la novela, en este período de formación, es cuando el autor va descubriendo sus habilidades y estrategias de escritura mientras es atravesado por otras experiencias. Y eso es algo que definitivamente llevará consigo siempre.

La versión en español del título en cambio, prefiere la presencia del tiempo imperfecto y con él pone el acento en la añoranza de ese período tan sorprendente, y pierde de vista este otro rasgo peculiar que le interesó tanto al autor, y que así lo expresa hacia el final de la novela:

cita+hem

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