OTRA MALA HISTORIA DE AMOR

22339692Por: Florencia Puddington

Los primeros premios de concursos literarios no son necesariamente sinónimo de calidad artística. Aunque muchas veces gracias a ellos, salgan a la luz  autores que, como diamantes en bruto, dan sus primeros pasos algo erráticos y plasman en esas primeras ficciones la promesa de un brillo que todavía no pueden dar.

Tal vez ese sea el caso de Las Edades de Lulú,  novela ya clásica y bastante deslucida de la autora Almudena Grandes, publicada en 1989, que ganó el XI premio de La sonrisa vertical, y formó parte de esa colección de literatura erótica de la editorial Tusquets.

Esta novela llegó a mis manos de una forma irregular. Mi madre de viaje por Madrid, me comentó que había encontrado unos puestos de venta callejera que tenían libros baratos y que si me gustaba algún autor español, podía traerme un libro que encontrara. Rápidamente, ideé una lista apresurada de autores españoles que todavía no había leído y a su regreso me encontré con este regalito, de tapa rosa, poco prometedora por cierto.

Ante todo, es necesario hacer una salvedad: se trata de la primera novela publicada de la autora, de su edición distan ya 27 años y lamentablemente, este es uno de esos casos en los que el tiempo transcurrido opera en la lectura y en los lectores al punto de sentirnos distantes de las expresiones y observaciones que percibimos anticuadas, remotas incluso. Por lo que, a pesar de la carga erótica su lectura se vuelve pesada, aburrida. También vale aclarar que la novela tuvo una reedición más reciente, en 2004, en la que la autora se permitió modificar sutilmente el estilo de la prosa y agregar un prólogo sumamente interesante que aclara algunas de las disquisiciones que me suscitó la lectura de la versión original, de 1989, que es la que llegó a mis manos.

Tal vez, lo más decepcionante de la lectura sea que se trata simplemente de eso: una narración erótica. Sin grandes originalidades en la elaboración de la trama ni en los aspectos estilísticos, y que en poco se diferencia de esas películas de soft porn de la tv por cable de madrugada, donde la historia es la excusa para el desnudo. En literatura, podemos exigir un poco más.

La colección La sonrisa vertical reúne textos de los más variados autores y está orientada al público femenino, o por lo menos eso se desprende del nombre y el asfixiante color rosa de todos sus volúmenes. Sin embargo, durante la lectura de la novela, me pregunté varias veces cómo era el público a quien estaba dirigida. Esta novela, pensaba, de enorme éxito en su momento, con dos reimpresiones el mismo año de su publicación y numerosas traducciones, que catapultó a la autora a la fama, posiblemente hoy no generaría el impacto que tuvo en su momento. A pesar de eso, el texto sigue generando interés, prueba de lo cual es justamente la reedición de 2004.

La historia en sí no es más que la clásica: chica ama a chico insensible y frío que a pesar de los maltratos también la ama (nada que envidiar a la más moderna saga Cincuenta sombras de Grey, aunque es cierto, con algunos episodios más enrevesados). En paralelo, las relaciones sexuales que comienzan con la iniciación de Lulú en manos de Pablo, —con quien, a lo largo del relato establece un vínculo emocional del que no puede desprenderse— se vuelven cada vez más oscuras y perturbadoras para la protagonista e incluyen sexo con travestis, incesto, sodomía y orgías.

No hay una verdadera profundidad en la composición de los personajes, que aburren por lo trillados: Ella, inocente (por momentos exageradamente) pero curiosa de su sexualidad y los límites del placer. Él distante, calculador, experimentado, racional, capaz de separar los sentimientos de la pura sexualidad, manipulador, perverso.

Lulú es un personaje vacío, porque se revela de ella su hambre de sexo y poco más. Un personaje del que no interesa ningún otro aspecto más que su alta libido, cuyo nivel de excitación en medio de situaciones de abuso, o maltrato es francamente inverosímil.

Si hay algo que se puede rescatar de la novela, a partir de este personaje, es que el deseo no es única potestad del hombre, y que la mujer, desprejuiciada y abierta a la experimentación puede acceder al igual que este, libremente y de diversas formas a la satisfacción sexual. Sin embargo esto no es enteramente cierto tampoco, porque Lulú vive con mucha culpa y angustia sus episodios de sexo poco convencional, una vez consumados. Es un personaje esclavo de su sexualidad, que como un animal en celo, es arrastrado por sus instintos a participar de situaciones que ponen en riesgo su integridad y su salud física y emocional. En diversos episodios se siente “sucia”, se pregunta qué pensarán de ella los otros, se cuestiona sus deseos y necesidades físicas.

No le ocurre lo mismo a Pablo, su perverso enamorado. El personaje masculino, de quien se sugiere una predilección por las menores de edad, por oposición, es enteramente racional en su actitud respecto al sexo. No se cuestiona, de hecho disfruta plenamente, las acciones de sometimiento y otras bajezas con las que obtiene placer de su pareja, despóticamente y a instancias de su sufrimiento. Las diferencias entre ambos establecen una jerarquía en la que la mujer es siempre la sometida y él es quien digita las reglas del juego y, establece las pautas según las cuales Lulú debe vivir su vida.

Al margen de la historia en sí, que a la luz de la mirada actual es desagradablemente sexista, además de trillada, todos los aspectos de la sexualidad tienen un enfoque de otra época, del que hoy no podemos más que extrañarnos: el travestismo por ejemplo. Al personaje Ely, una travesti amiga de la pareja de protagonistas, siempre se la nombra en masculino. De esto se retracta la autora en el prólogo de la nueva edición, y si bien indica que el detalle marca la gran dificultad que existe en la composición de un personaje como ese, yo lo identifico como una marca de época, generacional, tal vez.

No pierdo de vista que el valor en un texto erótico es, fundamentalmente, el efecto que provoca. La literatura erótica es efectista: busca conmocionar al lector, incentivar su fantasía. También es cierto que las escenas de violaciones y otras situaciones de sometimiento son clásicos despertadores de fantasías eróticas, y es posible que hayan sido concebidas de esta manera. Por otra parte, es cierto que el arte no sigue valores morales y que es discutible la relevancia que tiene en la crítica juzgar una obra a partir de estos aspectos. Sin embargo, cuando el contraste entre los códigos que se manejan en un texto y los de los lectores es grande, es imposible no sentirse extrañado.

Creo que esta novela manifiesta una serie de códigos que hoy por hoy están siendo cuestionados. Y que la chatura de la historia y de los personajes no da siquiera lugar a discutir estos clichés y formas estereotipadas de construir personajes femeninos y masculinos.

Es una novela que, circunscripta a su tiempo y lugar de publicación, se pretendió osada y transgresora, pero que a la distancia, pareciera haberse quedado a mitad de camino.

El prólogo a la nueva edición muestra justamente el contraste entre las dos autoras (Almudena, de 27 años y Almudena de 42). En él encontramos una voz experimentada y mucho más prolija, quince años después, con más experiencias de lectura y escritura encima, que repasa brevemente esos primeros y siempre difíciles contactos con la palabra escrita, sus sueños, ambiciones y frustraciones en esa etapa iniciática, y su vínculo estrecho con la novela que le puso el nombre a su profesión. Sin dudas, la pieza más interesante y conmovedora del libro.

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