RELATO SALVAJE

389Por: Florencia Puddington

La literatura argentina tiene muchas tradiciones. Nuestros escritores se suman a una o a otra por afinidad y la modernizan, la perfeccionan, la reversionan, se adueñan del camino que muchos otros anduvieron y lo continúan, moviendo el horizonte hacia atrás. La lectura de Precoz, es una lectura perturbadora. Y mientras lo leía, a menudo pensaba qué había detrás de las elecciones narrativas de Ariana Harwicz. Porque se empeña en llevarnos a ese lugar incómodo de pensamientos que no deberían ser, de ideas que no deberían concebirse. Y ahí se instala, cómodamente, y despliega su literatura, como quien elije un lindo lugar en el pasto para pasar una tarde al sol. 

La trama ronda la vida de una mujer madura de quien sabemos simplemente que vive en alguna zona rural de Francia, en estado precario, junto a su hijo, un adolescente. La historia que se narra es el devenir de estos personajes que encuentran serias dificultades para relacionarse con su entorno y eligen –si es que se puede decir así- mantenerse en los márgenes de la sociedad y de sus reglas. A su vez, la narradora tiene un vínculo amoroso poco claro con un hombre casado, que tiene algo que ver con los vaivenes emocionales de la protagonista.


Desde el inicio, Precoz presenta más de una curiosidad en el estilo narrativo, con un notorio despojo de los signos de puntuación propios del diálogo, al optar por el estilo indirecto libre, en el que se entremezclan las voces, los pensamientos y las acciones de los personajes. De este modo se diluye el límite físico entre ellos y por momentos se confunden los diálogos madre-hijo, amante-madre, para sugerir un vínculo irregular entre ellos, quienes se relacionan entre sí de un modo errático, posesivo, violento.


La prosa se ensucia además con la confusión en los tiempos verbales, que mezclan el presente y el pasado. Y la presencia del entorno, esa escenografía rural de algún lugar de Francia, presentada como un espacio lúgubre. Las referencias a la naturaleza que rodea a los personajes están lejos de corresponderse con un lugar idílico, y se agolpan imágenes en las que se refleja la enrevesada interioridad emocional de la madre: pájaros muriendo, nubes que ahorcan, patos sin hígado.


No podría decir que se narra una historia. Más bien lo que se cuenta es el encadenamiento de episodios a través de los cuales podemos comprender que la rutina de los personajes está cargada de actos disfuncionales, de desprecio, de amor… pero un amor corrosivo. Vemos de cerca el aislamiento en el que viven y la presencia de la civilización intermitente, a partir de distintas instituciones que atraviesan casi de un modo intrascendente la vida de los personajes. El temor a la vejez, al abandono, a la muerte y una suerte de locura megalómana de la madre.


Pensaba en las tradiciones que atraviesan esta novela y se me venían a la mente otras mujeres: Silvina Ocampo, Beatriz Guido, Clarice Lispector (del otro lado de la frontera), y también los cuentos de Inés Fernández Moreno en el libro Malos sentimientos. En todos los casos, las autoras surfean la intimidad de los vínculos más cercanos. Retratan el ambiente familiar cuestionando su pureza, encontrando asperezas, zonas oscuras, y develando la complejidad de las relaciones humanas.  

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