UN HOMENAJE A LA JUVENTUD

Por: Florencia Puddington

La adolescencia: ese período frenético, incómodo, en mi caso, olvidable. Ayer me tocó revivirla en la ceremonia de entrega de diplomas de mi sobrina. El evento se hizo tan largo que no pude evitar perder casi de inmediato la atención en lo que estaba ocurriendo, que por cierto, no tenía nada de original: los consejos de los directivos tan desapasionados y obvios; las palabras con las que los propios alumnos decidieron despedir la etapa escolar que desbordaban en cursilerías y frases hechas inspiradas en años de telenovelas adolescentes y música pop berreta; sus llantos al finalizar el acto; el calor; la pésima acústica y mis zapatos que me empezaban a apretar…

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El caso es que tanto olor a espíritu adolescente me hizo pensar, ¿cuándo uno termina esa larga etapa en la que cristaliza sus defectos y cualidades hasta convertirlos en una personalidad? Evidentemente hoy por hoy, ese período que arranca en el secundario, se prolonga un poco más allá de los 22 o 23 años, y aquello que comienza en conjunto, con congéneres que sufren la misma transformación en el mismo período, termina de un modo individual, creo yo, de acuerdo a las experiencias que el azar nos depara. No lloren, hubiera querido decirles, que todavía hay de “esto” un rato más.

Todas estas divagaciones me llevaron a hacer una relectura rápida de un libro hermoso de Mauro Libertella editado el año pasado: El invierno con mi generación y que vale la pena rescatar del mar de publicaciones que nos invade, y aunque sea mínimamente desde este humilde blog, recomendarlo a potenciales lectores que accidentalmente se encuentren leyendo estas palabras.

En su breve novela, Libertella retrata en forma de episodios cortos ese período que comienza con el ingreso al secundario y finaliza un poco después de la culminación del ciclo escolar. El relato tiene una importante carga autorreferencial, pero eso poco nos importa, al margen de que posiblemente le haya aportado a su autor una base sólida para contar cómo, a veces, ocurre esa transformación de niño a adulto.

La historia es bella porque es melancólica, porque está plagada de sutiles referencias a aspectos culturales e históricos reconocibles, porque habla de formas de comunicación que ya no existen más, y —acá, una nota egoísta— porque habla de mi generación.

Tal vez sea el primer libro de otros que vendrán que vuelvan a tratar el final de los ’90, el principio de los 2000, desde el punto de vista de quienes nos estábamos construyendo todavía, sin ser plenamente conscientes de nosotros mismos.

Mauro Libertella es periodista y más recientemente escritor, (esta es su segunda novela editada). Y a ese contacto más prolongado con la escritura periodística es que yo le atribuyo el estilo biográfico, transparente, porque lo creo propio de un mundo en el que se espera la transmisión de un mensaje claro, directo. Pero eso no quita que el autor encuentre lugar en su prosa para incorporar recursos propios, más poéticos, que transmiten las reflexiones que se desprenden de esas experiencias adolescentes de un modo atractivo y pregnante.

Una de las cuestiones que señaló el autor en una entrevista que dio para un programa de TV, es la discusión acerca de su título. ¿Será acaso un poco pretencioso imaginar que al exponer sus propias experiencias está retratando a toda nuestra generación? Según se señala en el propio texto, la frase proviene de una canción de Franco Battiato, un cantante italiano, y su valor en la novela está más relacionado con la amistad y con ese vínculo forjado en la juventud a partir (en gran parte al menos) de las coincidencias musicales. Al interés común al grupo de amigos por descubrir nuevos y variados referentes artísticos. El título visto de este modo, remite más a la experiencia de la amistad que se consigna en todo el libro que a una intención de establecerse como vocero de su generación. Habla de enfrentar una adversidad en grupo.

De hecho, la idea de que quienes forman parte de una generación comparten mucho más que el coincidir en edad en un determinado período de tiempo, no es algo que se defienda en ninguna parte del texto. Por el contrario, los rituales con los cuales los personajes estrechan lazos en el día a día de la escuela, los transforman en un clan y es el método de supervivencia, el pilar sobre el cual construir la seguridad, la confianza en uno mismo con la que es posible enfrentar un poco más fácilmente los desafíos de esa etapa: la soledad, el sentirse ajeno, incómodo o fuera de lugar. Esto muestra precisamente la diversidad, la sectorización o simplemente la dificultad de establecer vínculos con otros en un momento en el que todavía nos cuesta entendernos a nosotros mismos:

“…los cuatro […] fuimos armando un círculo cerrado, un rincón insular. […] Todo encierro, por lo demás, confabula para crear sociedades en miniatura. […] Los que antes eran desconocidos de pronto, se agrupaban por afinidades y se mimetizaban rápidamente”.

Entonces, ¿dónde está la generación? Los puntos de contacto entre estos personajes y los lectores como yo, de edades similares, son mucho más sutiles y están en los bordes de la narración, pero hacen también al encanto de la historia: es reconocerse en ciertos hábitos característicos de la juventud en esa época, como el cassette grabado de la radio o de otro cassette o CD prestado, el Mc Donald’s y el auge de la comida chatarra, el shopping como punto de encuentro, la televisión y los realities, el rock barrial, la mochila escrita con corrector, las zapatillas de lona, mugrientas, Diego Maradona, ya no el glorioso jugador, sino la referencia a algo que ya no éramos más, el Movicom, como un instrumento que el ejecutivo usa para trabajar, y un contacto lejano, casual (por lo caro) con la tecnología en general.

Estos elementos son reflejos mínimos de un contexto en común que atraviesan la historia de más de uno, aunque sea imposible definir de cuántos, y establecer los límites de esa supuesta “generación”.

Posiblemente, o paradójicamente, lo más lindo de los capítulos que componen el texto es esa idea que prevalece y que excede a la discusión acerca de si refleja o no enteramente a un cierto grupo etario. Porque lo que se narra es la transformación de niño a adulto, que implica (hoy como siempre) una gran serie de “iniciaciones”. La sexual, es la más evidente, pero también la del mundo laboral, y otras definiciones a partir de las cuales vamos perfilándonos de un modo más o menos definitivo.
En definitiva, el encanto de la novela es también este: que a pesar de todo, es una novela “transgeneracional”. Y que toda experiencia de vida puede ser atractiva si está bien narrada.

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