ALGO MÁS QUE LITERATURA DE HORROR

Por: Florencia Puddington

El horror es un género siempre atractivo para mí, aunque haya sido visitado esporádicamente por los escritores locales y desdeñado tan a menudo en la literatura nacional. Como el fantástico, se interesa por las imperfecciones de lo real. Lo invade, lo corrompe, abriendo grietas y resquebrajando sus cimientos.

9788433998064  Cortázar insistía en alguna entrevista: “Yo vivo en una realidad en la que lo fantástico y lo real se entrecruzan cotidianamente”. Diría que el horror es una versión mucho más tenebrosa del fantástico: además de cruzar ese umbral, reaviva los temores e inquietudes que se alojan en el fondo de la mente, causando un miedo intenso en los lectores. En los cuentos de horror se manifiesta lo siniestro, que crece, se vuelve posible, verosímil y nos sacude completamente.

              Las cosas que perdimos en el fuego es un libro de cuentos editado en 2016, que tuvo un sorprendente éxito internacional, de una escritora relativamente nueva, Mariana Enríquez. Según lo que alguna vez mencionó en entrevistas, sus cuentos son una expresión de sus propias inquietudes y obsesiones. Los personajes hacen equilibrio en una realidad frágil en la que, cualquier movimiento equivocado hace brotar de ella monstruosas manifestaciones del horror. No hace falta aclararlo: sus personajes siempre hacen el movimiento equivocado.

Freud en su famoso libro Lo siniestro, explica que este está muchas veces asociado con lo familiar; algo que conocemos profundamente pero que esconde en su interior una semilla de lo oscuro.

 

Las representaciones más comunes del horror han vinculado entonces lo siniestro con espantosas distorsiones de las imágenes puras de la infancia, por ejemplo. Una hamaca en una plaza que se mece sola, un payaso que devora niños, un muñeco (juguete clásico infantil) poseído por una fuerza maligna.

¿Dónde se encuentran los personajes de Mariana Enríquez con la punta del ovillo que persiguen inocentemente hasta dar con lo siniestro? En muchos casos, en el hogar. En la equívoca inclinación a entrometerse en la intimidad del otro para enfrentarse sin querer con sus perversidades, con su lado oscuro (“El patio del vecino”, “La casa de Adela”). Acá sí, entonces, encontramos reminiscencias del unheimlich freudiano. Es el seno del hogar, en un barrio de clase media, aparentemente tradicional y pacífico, la máscara que esconde lo siniestro. Así se explica también la propensión de los protagonistas a caer en estas trampas: lo siniestro es familiaridad y extrañeza, genera atracción y repulsión, confort e incomodidad.

 

En otras historias, lo siniestro se encuentra en ciertos espacios de la ciudad, generalmente vedados para la clase media/alta: los basurales, las villas, los márgenes inciertos de la urbe porteña. En estos cuentos, el horror “devela” o recuerda (a los protagonistas y a los lectores) verdaderos problemas sociales con los que conviven y que les pasan inadvertidos o prefieren ignorar. En “El chico sucio” y “Bajo el agua negra”, los sectores humildes, desatendidos por la sociedad y olvidados por el Estado y por la población en general, son un caldo de cultivo para fuerzas malditas que están despiertas, y representan una amenaza latente, una presencia que reclama atención, que no quiere ser olvidada.

Algunas de las historias se enmarcan en un contexto amenazador, sin que este sea el promotor directo de lo siniestro (el contexto social y económico de las chicas de “Los años intoxicados”, la intermitente presencia del Estado en los trabajos de Acción Social de “El patio del vecino”) pero que contribuye a generar un clima de abandono y soledad, que predispone al horror.

En otros, lo siniestro está anclado a un pasado: una hostería que había sido escuela de policía en la dictadura (“La hostería”), la misteriosa geografía formoseña, con una tradición salvaje conformada por la espesa naturaleza y la propia bestialidad de los hombres que la habitaron (“La tela de araña”). Sus víctimas son quienes se animan a desafiar la memoria, se internan en recuerdos que no les son propios, o descreen de las historias de desaparecidos en la selva oscura, un ámbito en el que son extranjeros y que sería mejor no visitar.

Por fin, en los casos más explícitos, encontramos un liso y llano regodeo con la muerte. En cuentos como “Fin de curso” y “Nada de carne sobre nuestros cuerpos”, las protagonistas sienten una fatal atracción por ella e incurren en comportamientos que las llevan a recluirse y en definitiva, a dejar de vivir.

En las historias de este libro se cuelan por supuesto, los aspectos más despreciables de la sociedad actual: las adicciones, el machismo, la indiferencia, el aislamiento, cierta estrechez de miras, la mediocridad. Los trastornos psicológicos, enfermedades propias del estilo de vida actual, también tienen su lugar: el hikikomori, tal vez no sea propio de nuestra sociedad, pero sí nos está hablando de la presencia invasiva de la tecnología, casi con vida propia, como otro elemento desestabilizador de lo real. Después de todo ¿no vivimos cada vez más en lo virtual que en lo real?

Reflexionando sobre sus cuentos, Cortázar aseguraba que ninguno de ellos tenía un final feliz: “Lo fantástico desencadena siempre —como en el caso de Edgar Allan Poe— la fatalidad, la muerte. La multiplicación de esos hechos culmina en lo negativo, en la nada, en la desgracia”.

En los relatos de Mariana Enríquez, no hay lugar para la felicidad. Los finales de sus cuentos transmiten turbación y amargura. En muchos de ellos, el horror está acompañado de resignación, desasosiego. Porque los elementos disfuncionales de lo social que son disparadores o al menos acompañan la presencia de lo siniestro, al cierre de cada historia permanecen ahí, y el lector, como los protagonistas de estos cuentos, sabe que esas heridas abiertas no tienen nada de fantástico, y no van a sanar jamás.

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