AMOR, MUERTE, MÁGIA Y TRADUCTORES

Por: Florencia Puddington

Hace poco me regalaron La reina de las nieves, el último libro de Michael Cunningham. Me interesó por razones superfluas: el diseño de tapa y el hecho de que la historia transcurriera en la siempre atractiva ciudad de Nueva York. De Cunningham conocía poco y nada. Sabía que era el autor de Las Horas, y que colaboró en la realización fílmica de la novela, que lleva el mismo nombre. Lo cierto es que el libro no me resultó tan atractivo como su tapa, y todavía me pregunto si la inefectividad de la trama narrativa se debe a la prosa del propio autor o a la mala calidad de su traducción, de la que se hace cargo el señor Miguel Temprano García. La estructura de la novela recuerda sí a la de Las Horas; se narran cinco episodios de la vida de sus personajes, con grandes baches temporales entre medio de ellos.

9788426401953Un aspecto interesante de la novela es la caracterización de los protagonistas: Barrett, Liz, Beth y Tyler. Son hombres y mujeres de mediana edad, sin una profesión clara ni intenciones de tenerla, que viven prácticamente al día. Son personajes que de algún modo reflejan síntomas de nuestra época: el desinterés por el desarrollo profesional, tal vez motivado por la ausencia de oportunidades concretas, la falta de objetivos claros y de planificación a futuro, el desdén por la política, el uso abusivo de drogas y cierto libertinaje sexual. Barrett, de quien podría esperarse un destino interesante dado que cursó estudios superiores en Yale, salta de un trabajo a otro porque, según dice, no encuentra uno que no lo aburra a los tres meses. Tyler, su hermano mayor, es un cuarentón adicto a la cocaína que sueña con la posibilidad de alcanzar algún éxito con su música mientras trabaja como camarero en un bar. Liz supera ya los 50 años, pero sale con Andrew un joven de 27 años con quien ningún futuro es posible. Beth es un personaje engimático, y a la vez, la rueda sobre la que gira la historia de todos los personajes. Novia de Tyler y enferma terminal, atiende un local de venta de usados junto con Liz, siempre que los tratamientos y el desgaste físico se lo permiten.

Los grandes temas que sobrevuelan la historia de estos erráticos personajes son el amor y la muerte (Eros y Tánatos). Es el amor, la necesidad de amor, su búsqueda, su intento de conservarlo, lo que los une. Ninguno está siendo capaz de lograrlo: el joven doctorando con el que salía Barrett acaba de dejarlo, Liz comprende que Andrew terminará abandonándola eventualmente, la relación de Beth y Tyler se ve truncada por el cáncer terminal que consume rápidamente la vida de ella. La muerte se sintetiza en Beth y es fundamental para que los personajes logren transformarse y tuerzan sus destinos.

Un tercer elemento relevante en la novela es una aparición mística que contempla Barrett en el cielo (una mezcla de luces celeste-verdosa, que en realidad podría ser cualquier cosa) mientras corre en el Central Park y la esperanza de que esa manifestación implique alguna suerte de mensaje divino que pueda mejorar su situación de fragilidad emocional.

Este elemento es también propio de nuestra época: en un momento de fuerte escepticismo respecto de la fe religiosa, persiste sin embargo, la necesidad de aferrarse a la magia para encontrarle sentido a los hechos que nos definen como seres humanos. Esa luz, que sobrevuela los pensamientos de Barrett y a la que se vuelve a lo largo de la historia, no parece estar vinculada con nada de lo que ocurre verdaderamente, aunque él intente darle un sentido, interpretar el milagro de la aparición, que nunca termina siéndolo realmente.

El efecto de la muerte de Beth es quizás el gesto más original de la historia y lo que parece una triste lección: era necesaria su desaparición física para destrabar el engranaje y que Tyler, Barrett y Liz puedan continuar con sus vidas y desarrollarse libremente, e incluso, evolucionar.

Su muerte trae revelaciones: pronto comprobamos que el amor de Tyler a Beth no era tan puro como parecía, la supuesta magia del cielo no provocó ningún milagro, y en definitiva, la muerte no era el final trágico ni elegante ni romántico que vemos a veces en las películas. Como parte de la vida misma, es simplemente el fin de un camino hacia el que todos nos dirigimos. Por eso, si hay un mensaje, una sensación que nos queda cuando terminamos de leer la novela es que la vida es desilusionante. No hay mística. Ni en la muerte, ni en el amor, ni en las luces que se ven en el cielo neoyorquino. Hay una mirada completamente desapasionada de la realidad. Como símbolo de ese desencanto, aparece al fin el único vínculo claro con la conocida fábula de Andersen que da nombre también a esta novela, que es la famosa astilla de hielo en el ojo que vuelve a Kay osco y frío, despectivo con todo lo que antes amaba, y que endurece su corazón que ahora es incapaz de sentir amor. Del mismo modo Tyler sufre una transformación que se manifiesta con una astilla de hielo:
“Repara de pronto: hace tiempo que tiene algo en  el ojo. Lo que pasa es que unas veces lo nota más que otras. Un destello espontáneo de comprensión (¡Uf!, uno antiguo): aquel cristal de hielo que se coló en el dormitorio… ¿hace cuánto tiempo? Cuando Beth agonizaba por primera vez; cuando Tyler se levantó de la cama y cerró la ventana; cuando estaba tan seguro de que podría encargarse de todo y de todos…”  

¿Qué es entonces, lo que falla en esta historia, que tiene un tono tan propio de nuestra época? Para mi gusto, la traducción al español es detestable. Plagada de errores básicos en el uso de los pronombres y desbordante de expresiones demasiado españolizadas, sin que haya siquiera un intento de utilización de un vocabulario “neutro”, un poco más aceptable para los lectores no españoles —que somos bastantes— a los que se nos insulta con estas versiones degradadas y berretas de libros que quizás sean sofisticados e interesantes (nunca lo sabremos).

Lo que provoca una traducción hecha tan a desgano es que cuando los personajes hacen observaciones humorísticas que no son nada risueñas desconfiemos antes del traductor que del escritor. ¿Cómo saber quién falló? Antes, los traductores eran escritores, buscaban con empeño reescribir en otro idioma de una forma que fuera a la vez efectiva y atractiva. Como los sueños de nuestros personajes, esa época dorada ha muerto. Por más esforzado que nos resulte, lo ideal será —siempre que sea posible— leer al escritor en su propia lengua.

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