UN VIAJE POR LA BANDA ORIENTAL

Por: Florencia Puddington

Cuando estaba en el primer año de la facultad, una amiga me prestó una novela de un autor nuevo que le había gustado. Me acuerdo que lo llevaba forrado con papel de regalo porque, me dijo, el dibujo de la tapa no le hacía honor a la historia ni al personaje, y no quería que esa representación mediocrona me spoileara la trama ni que me imaginara a su protagonista parecida a la de la tapa. Era El año del desierto, de Pedro Mairal. Y el libro me encantó.

la-uruguayaCon los autores de ficción pasa lo mismo que con los directores de películas: cuando descubrís una buena obra suya querés ver ya qué más hizo para devorarlo con ferocidad. Mairal había ganado años antes el premio Clarín de Novela con Una noche con Sabrina Love, una novela no tan interesante pero un buen comienzo (la película del libro terminó de destruir la trama), tenía algunos poemas en internet, con un tono juvenil pero bastante originales, y un libro de cuentos que no tardé en conseguir en una librería de usados, y que todavía tengo como referente cuando en esos arranques de creatividad, imagino que puedo escribir yo también mis propias historias.

Desde entonces sigo más o menos su producción, y para mi último cumpleaños mis hermanos me regalaron La uruguaya, editado el año pasado. Para mí, leer a Mairal es como reencontrarse con un viejo amigo. Siento que le conozco los movimientos, los recursos poéticos que sobrevuelan sus textos, el tono coloquial y despojado, y esa preferencia por la primera persona que se reitera de un libro a otro. Y aunque nunca volví a sentir el asombro y el desconcierto que viví con El año del desierto, tampoco dejó de resultarme interesante su trabajo.

En los últimos libros, Mairal ha encontrado una estructura que funciona. Sus novelas se mueven siempre en torno de una intriga que conforma el tronco de la historia. A lo largo de los capítulos, desprende indicios que nos preparan para el final, pero la última página del libro nos toma por sorpresa igualmente. Esta estructura es efectiva porque el lector tiene que devorar el libro, porque necesita conocer el final.

La uruguaya es una novela corta en la que seguimos de cerca las desventuras de Lucas Pereyra, un escritor argentino en la medianía de la edad, que atraviesa una crisis matrimonial y que, debiendo cruzar a Uruguay a buscar dólares (la historia se enmarca en el contexto del pasado local reciente, cuando había diversos tipos de cambio y un asfixiante control del estado), aprovecha la excusa que el viaje le provee para reencontrarse con un antiguo affaire.

Si bien este relato no cumple estrictamente con las características del género de novela de aprendizaje, lo que observamos es que el viaje a Montevideo implica una transformación en el personaje y el cruce definitivo a una madurez más adulta. La travesía de Lucas lo destruye y lo reconstruye, y podemos ver los vestigios de esa sabiduría adquirida en el último capítulo. El hecho de que esto ocurra después de los cuarenta tal vez refleje un síntoma de época: En Lucas se manifiesta cierta ansiedad respecto a la adultez, a su posición socioeconómica, a la paternidad, a su matrimonio, sugiriendo que no es una, sino varias las razones por las que quiere desentenderse “mágicamente” de su situación actual, en la que se siente incómodo, no logra adaptarse.

Montevideo es entonces, el espacio de la aventura, de la juventud y de la magia. Una zona geográfica construida a partir de la ilusión de Lucas de evadir por un rato la realidad gris —y demasiado real— que dejó en Buenos Aires. “Eso era Montevideo para mí. […] Y todo me lo inventé, o casi todo. Una ciudad imaginaria en un país limítrofe. Por ahí caminé, más que por las calles reales”. En Montevideo, Lucas se comporta de un modo infantil (algunas escenas me recuerdan a L’ultimo bacio, la película de Gabriele Muccino).

Por otra parte está la uruguaya propiamente dicha. Magalí Guerra Zabala, es la veinteañera fogosa que lo espera del otro lado del charco. Un prototipo de femme fatale, cuya peligrosidad está anticipada en su propio nombre y apodo: Guerra.

Sexy, esbelta y misteriosa, Guerra es todo lo que no es su mujer, Catalina. Con una juventud desprejuiciada y con un halo de sexualidad que lo atrapa y lo enreda, también ella es una construcción de la fantasía de Lucas más que algo real.

Cuando el sueño se esfuma, Lucas llora. Y es un llanto de despedida. Recuerda a Manrique: “Todos lloramos. En lágrimas que van a dar al mar, que es el morir, diría Manrique”. La muerte siempre es el final. Lucas ve morir al amor imposible con Guerra, a su matrimonio con Catalina, y a su juventud. El final no es ese, queda un capítulo más, pero tendrán que leerlo para averiguar qué pasa.

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